Gonzalo Artal Hahn

22.8.12

Cuatro estocadas por cuatro guantes montevideanos

A recoger. El viaje a Uruguay alentando a Deportes Iquique nos sacudió y fuerte, pero más allá de la eliminación y la impotencia, siento que entre el Centenario, las ramblas, los taxis con separaciones de mica, las hamburguesas con chimichurri, las fuentes con candados de amor eterno y los monumentos de Gauchos y Artigas, afloraban lecciones que bien pueden ser consideradas como buenos desafíos para tomar. Y claro está, aplicar.
La primera y más amplia, guarda relación con la amabilidad sin distingo del pueblo charrúa, quienes verdaderamente se toman un tiempo para guiar los pasos de quienes deambulamos con cara de afligidos, al punto de detenerse y re formular las consultas al siguiente peatón, que obviamente, paraba para computar y señalar. No por nada, el Ministerio de Turismo impulsó hace poco tiempo una campaña, en la que se asegura, exportan sonrisas.
Lo segundo, direccionado a quienes dictaminan, y sobre esa base endeble, imprimen normativas. Es que allá la autorregulación impera y lo que es mucho mejor, funciona. Al menos en el fútbol. En ese fútbol.
¿Un ejemplo? Al pisar la cancha del Centenario, con una cámara colgando de un hombro, no había quien te detuviera, alguien que te ataviara con un peto ridículo u otro que te pusiera límites sobre qué hacer o no hacer , o bien, por dónde transitar, entendiendo que cada uno cumple un rol en un espectáculo que tampoco sabe de alambrados. Al menos en el sector preferencial, puesto que si bien existe un foso con agua sorteable, hay en el medio un puente de madera que invita a llegar sin inconvenientes al centro del campo de juego. Obviamente, sin nadie que lo vigile.
Lo tercero, que bien puede ser tomado como un tirón de oreja para las autoridades gubernamentales y las que se preocupan del orden y la seguridad, tiene que ver con la perfecta ejecución de una fiesta sin restricciones para homenajear los colores.
¡Qué envidia ver lienzos representando el amor irreprimible de quizá quién! Y confundir cánticos con estruendos y fusionar silbidos con latidos y viajes de bengalas que sólo ponen un toque de luz y ensoñación a un estadio que no requiere de mayores adornos, pero que sin ellos, corre el riesgo de apagarse y marchitarse. Hasta dejar de sentir y de latir.(Y para allá vamos).
El cuarto punto tiene que ver con los hinchas. Y aquí, se debe excluir a los más de 200 fieles del norte que llegaron hasta Montevideo y a esos 2 mil y algo que son incondicionales en el TDC, pero que no alcanzaron a juntar los billetes, tenían compromisos con jefes y clientes o, derechamente, no quisieron conseguirse licencias médicas. Ellos mismos saben quienes son.
Como sea ¿Se fijaron que La Banda del Parque nunca cesó de alentar? ¡Jamás! ¡Si hasta aplaudieron a los nuestros que estaban arriba de la bandeja y volvían a juntar las palmas incluso cuando los nuestros de abajo ganaban laterales o tiros libres de esquina con peligro!
En fin.
¿Algo para los jugadores? Naaa. Ellos debieran rescatar aquellas experiencias que les ayudarán a sortear sus limitaciones y qué elementos deben atesorar como medallas de guerras de las tantas que se obtienen a menudo en esta especie de profesión soñada, la que más allá de la fortuna aparejada al placer de hacer lo que se ama (entre otros puntos a favor) tiene altas cuotas de sacrificio.
Y claro, de ahí a esperar que los expertos dejen de dar sus recetas mágicas por la prensa parece una pega mucho más compleja, pues se trata de un deporte emergente que es avalado y engordado por varios medios de comunicación, los sitios exactos donde verdaderamente se necesitan profesionales.


 
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