Gonzalo Artal Hahn

2.12.12

¡Auto!


La pelota pegó en la cuneta y dio un salto gigante que ni el Nano la agarró. 
Debían ser como las cinco y algo y aún no estaba claro quienes se iban a ir atrás del furgón de los Palominos.
No agarrar los 37 o quedarse con los chuteadores sin cordones desmotivaba a cualquiera que le tocara buscar, al último, el par perdido en el saco.
La cosa es que aunque logré bajarla y dejarla chanchita, el Laika miró de reojo y levantó la mano. 
Todos acusaron y viciaron la jugada.
Venía un auto. Había que desarmar el arco.


 
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